Estoy usando el móvil. Acabo de usar la aspiradora. ¿Estoy tal vez usando a alguien? ¿Quizás esté utilizando a una persona para alguna finalidad personal por noble que sea? ¿Usar o utilizar? Una fina línea que puede abrir una puerta peligrosa.

Usar

Las cosas nos aferran a la vida. Utilizamos cosas a lo largo de la vida: ropa, utensilios de cocina, libros, coche, casa, aparatos… Algunas las usamos durante largo tiempo; podemos llegar a encariñarnos con aquellas que nos traen recuerdos, que nos devuelven a la memoria aromas del pasado, que nos ayudan a rehacer la cronología personal, que nos sirven de referentes sobre determinados momentos de la vida.

El filósofo contemporáneo Byung-Chul Han cree que, en esta época de cambios radicales, “nos estamos vaciando de las cosas para llenarnos de las informaciones digitales que desmaterializan y descorporifican el mundo”. Han pone de relieve que se está produciendo un poderoso proceso que nos desarraiga la memoria y elimina de las cosas todo rastro de singularidad y belleza. Pero aun así, poco o mucho, seguimos ligados a las cosas, utilizándolas.

Podemos usar las cosas, ¡faltaría más! Para eso existen, para ser utilizadas en beneficio nuestro. Son medios que nos hacen más fácil conseguir determinados objetivos. Podemos usar y abusar de las cosas, y si no preguntárselo a cualquier teléfono móvil. O, ¿es que acaso el móvil no es una cosa? Dejémoslo correr… Sí, podemos tocar las cosas. Podemos disfrutar de un buen libro, hojear sus páginas, tomarlo y estrecharlo sobre el pecho como en un abrazo simbólico.

Las cosas nos recuerdan hechos, situaciones, personas, y esto nos ayuda a construir un relato estabilizador. El hecho de poder agarrarnos a algo resulta imprescindible en este mundo de inmediateces e informaciones fugaces que se nos escapan de las manos. Las cosas unas veces nos ocasionan placer y otras veces nos libran de trabajos pesados, de tareas monótonas o repetitivas. Benditas cosas. Usémoslas y abusemos de ellas.

Pero ¡cuidado! El uso (y ocasionalmente el abuso) de las cosas, no debería penetrar por los poros del materialismo imperante para acabar impregnando todo tipo de relaciones. Los vínculos que establecemos con las cosas son radicalmente diferentes a los que establecemos con las personas.

Abusar

Las personas nunca pueden ser un medio para conseguir un objetivo nuestro personal por noble que sea. Las personas son una finalidad en sí mismas. Todas las personas tienen una dignidad inalienable igual que la nuestra. Es por esto, que las relaciones que se establecen entre personas tienen algo de sagrado y deberían establecerse siempre con dignidad, de igual a igual. Sin duda, las relaciones personales tienen tonos y matices diversos, pero entre ellas no tendría que aparecer nunca el uso, y mucho menos el abuso.

Si le pedimos a alguien que nos describa con una palabra el tipo de relaciones que establece con las personas, seguro que en la lista aparecerán el amor, el cariño, el odio, el servicio, la relación profesional, la amistad, el compañerismo, la distancia, … Sí, todas estas etiquetas y, algunas más, las asociamos a menudo con los vínculos que nos unen a las personas. Y en todas ellas, sutilmente, se pueden percibir pequeñas, o no tan pequeñas, dosis de utilización. Es solo un matiz, una línea muy fina que no deberíamos traspasar nunca.

Si tenemos el coraje de detenernos en la carrera frenética de este mundo, podemos observar que sin darnos cuenta, a veces nos aproximamos a una determinada persona porque así…, nos puede ayudar a…, nos sentimos un poco más felices…, nuestra conciencia está más tranquila…, es posible que…, mejor estar a buenas… Algunos de estos objetivos pueden ser legítimos, incluso santos y benditos. Pero este acto de tomar conciencia de que quizás, sólo quizás, estemos utilizando a la otra persona en beneficio propio, es extremadamente importante.

Y es que del uso al abuso hay un paso muy pequeño, apenas dos letras, una frontera extremadamente porosa. Cierto que, para llegar al abuso en mayúscula, aquel que se comete desde la conciencia de estar haciendo una cosa reprobable y condenable, es necesario traspasar una puerta que no pasa desapercibida. Pero hay abusos pequeños, aquellos que podríamos llamar microabusos, que hacen un daño que puede parecer menos evidente, pero que son igualmente perjudiciales y reprochables. A éstos, se puede llegar por el camino del uso y prácticamente sin darnos cuenta de que hemos traspasado el límite.

Hay una línea muy fina que no deberíamos traspasar nunca

Son abusos sin conciencia del abusador. Es más, a menudo el abusador puede llegar a pensar que está haciendo lo correcto. Estos microabusos resultan especialmente preocupantes por su sutileza, por su frecuencia, por su invisibilidad. Circulan ocultos por la red de relaciones personales, invisibles por la inconsciencia del abusador y por el silencio de la víctima.

Por todo ello, es importante tomar conciencia de la fragilidad y la sacralidad de los vínculos entre personas, y tratar de actuar siempre para evitar las relaciones tóxicas, y establecer y mantener relaciones transparentes y sinceras exentas de cualquier intento de uso y vestigio de abuso, por pequeño que pueda parecer.


Este artículo ha sido publicado en el número 193 de Ciutat Nova: Abusos 

Acerca del autor

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Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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