Tú imagínate
levantarte cada día
para ducharte y vestirte y
desayunar alguna cosa rápidamente
y lavarte los dientes para no perder
el autobús, el tren, el metro, el tranvía,
o ahorrarte la retención si vas en coche,
o que quede alguna bicicleta en la parada
si tienes la suerte de poder pedalear hasta el trabajo.
Llegar con cara de sueño y hacerte el café en la máquina;
abrir el correo, revisar llamadas, prepararte la presentación
importante que estás preparando desde hace semanas.
Que salga bien o mal o da lo mismo y avanzar en la lista de tareas:
negociar un acuerdo, hablar con un cliente, un trabajador; solucionar
un problema para dedicarte a otro. O ser proactivo con un proyecto
que te ilusiona, y pensarlo en unas notas, y convertirlo en un power point
chulo, y que Marketing lo revisen y digan que les ha gustado. A todo esto
ya son las dos; sacar el tupper de pasta o hacer el menú y pescar el móvil
personal para revisar los mensajes. Mirar a medias las fotos de las redes, grupos de whatsapp,
y pensar en lo que harás con todas estas personas del móvil cuando salgas por la tarde.
Un poco de sueño, echarías una siestecilla; ánimo, dos horas y a casa. Bajar los
pendientes de la bandeja de entrada; una videollamada agendada, el imprevisto que no esperabas,
apagar el fuego, ya es la hora, quince minutos para cerrar unos asuntos y te vas.
Tú imagínate todo esto
cada día, de la mañana a la tarde,
de lunes a viernes de cada
semana de cada mes de cada año hasta
que te jubiles, con suerte, más allá de los sesenta.
Y venga, pongamos que haciendo estas tareas que en el fondo
te gustan, se te dan bien, se te valoran.
Que te permiten no sufrir a final de mes, tener una
casa bonita, comer fuera los fines de semana.
Tú imagínate todo esto rodeado de
personas que sí, que son majas,
pero que tampoco os importáis demasiado.
Que te caen bien, que sois cordiales, pero con los que no compartes
los problemas de casa, las alegrías de los sábados, las bromas desagradables,
las celebraciones innecesarias. Tantas horas, de tantos días, de
tantas semanas, que sumadas hacen meses y años y décadas, mientras os
nacen los hijos, y se os mueren los padres, y ocurren el final y el inicio
de nuevas etapas. Y tantos ratos respetuosamente ordenados en el cajón
de sólo compañeros de trabajo, tratando temas que a la larga no importan.
Tantas, tantísimas horas malgastadas. Y son muchos los que cometen la temeridad
de no tener en el trabajo un buen amigo, una buena amiga. Para amaros, carai.
Sin formalismos. Que es el lugar en el que pasamos más tiempo los días normales, que,
si hechas las cuentas, son la mayoría. Un tercio generoso de nuestras vidas.
Esta entrada ha sido publicada en el blog del autor: algunsaprenentatges
Acerca del autor
Escribo para recordar, para agradecer y no perder de vista lo que de verdad importa. Si lo tengo presente, el resto va cuesta abajo. Lo que mejor he hecho en 22 años de vida ha sido rodearme de las personas con las que he decidido compartirla.