El instinto infantil no suele fallar. ¡Esto es mío! Sentido de la propiedad. También Gollum en “El Señor de los Anillos” gemía “mi tesoro”, y el desorientado ET reclamaba “mi casa”. Más realidad que ficción, la propiedad ha sido, a lo largo de los siglos, motivo de debate y controversia. No es un aspecto menor en la organización de nuestra convivencia. La acumulación de bienes, determina el patrimonio, y de él se derivan las rentas. Esto significa que, aunque pudiéramos imaginar una sociedad con una distribución muy equitativa de las rentas, no podríamos garantizar la igualdad. No todos los miembros de una sociedad parten de la misma casilla de salida.

Todos somos conscientes de que existe riqueza porque hay pobreza y, al mismo tiempo, hay pobreza porque existe riqueza. La preocupación por las desigualdades crecientes en estos inicios del siglo XXI, abre cada día más dossiers por doquier. La tradición cristiana ha denunciado desde sus orígenes la opulencia de los ricos, considerando la limosna obligatoria y constitutiva de los bienes comunes que deben atender las necesidades de todos. Por otra parte, esta misma tradición, proclama que la riqueza no es mala en sí misma, sino que puede serlo en función de sus orígenes y de su uso. Estamos pues, en un terreno que precisa ir por pasos.

En el siglo XIII, Santo Tomás recogiendo el legado de Aristóteles afirmaba que la distinción de posesiones (propiedad privada) es una convención humana, que no se opone al derecho natural, que proclama la comunidad de los bienes, pero está subordinada a él. Respecto al uso de los bienes, las cosas deben ser comunes. La limosna, el hecho de compartir, tiene un sentido muy profundo y una función social decisiva en el mundo medieval. Fue en la edad moderna quien introdujo el liberalismo, con la exaltación del individuo y la consideración de que la propiedad privada es una expresión de la libertad.

El filósofo inglés, John Locke, en el siglo XVII hizo una importante contribución en este terreno, especialmente en su obra “Segundo Tratado del gobierno civil”. Locke entiende que la propiedad privada es un derecho natural. Dios ordenó al hombre el trabajo y es éste el que le otorga el título de propiedad. Lo que el hombre consigue a través de su trabajo, le pertenece tanto como el propio trabajo. La filósofa catalana Marina Garcés, nos recuerda en su artículo en el diario ARA a principios de 2015 con el título “Los límites de la propiedad”, que el mismo Locke establece unos límites que vienen dados por el trabajo: “No tendréis más tierra que aquella que podáis trabajar, ni más bienes que los que podáis consumir sin que se echen a perder”. Este era el principio de equilibrio hasta que inventamos una riqueza que se puede poseer ilimitadamente sin que se pudra: el dinero.

El dinero hace posible la acumulación. En este sentido, el teólogo José Antonio Pagola[1] afirma: “El imperio del dinero introduce una fractura en la comunidad mundial, concentrando el poder en manos de unos cuantos. No piensa en el bien común de la humanidad”. En otro contexto, resulta igualmente incisiva la frase de la Premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Aleksiévitx[2]: “El descubrimiento del dinero fue como la explosión de una bomba atómica”. El dinero, es en buena parte responsable del fracaso de las profecías de Adam Smith, que en el siglo XVIII aseguraba que, si cada uno persigue su propio interés, se consigue como resultado el mayor bienestar posible para la comunidad, gracias a una “mano invisible”. Posiblemente, esta mano ha ido excesivamente detrás del dinero. La crisis actual constituye un testimonio desgarrador.

La Revolución Industrial convierte la riqueza en capital (capitalismo). Lo bienes no sólo valen por ellos mismos, sino especialmente por su capacidad de producir nuevos bienes o de generar riqueza. Por eso Marx afirmaba que sólo la abolición de la propiedad privada, abriría el camino hacía una sociedad justa. En este contexto, a lo largo del siglo XIX, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) transita en un tono, más bien polémico, frente al liberalismo y al socialismo. En tanto, ya en pleno siglo XX, la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), consagra el derecho a la propiedad privada, en su artículo 17,1: “Toda persona tiene derecho a la propiedad, individualmente y colectivamente”.

Actualmente la DSI considera el destino universal de los bienes – del que la propiedad es un aspecto – una de las múltiples implicaciones del bien común, desvinculando el concepto de propiedad del de trabajo. Este destino universal de los bienes es necesario traducirlo en los diversos contextos culturales y sociales, y es un elemento clave del desarrollo integral de las personas y de los pueblos. Existe una preocupación creciente por regular el uso de la propiedad que presenta una gran capacidad de acumulación, de movilidad y de divisibilidad (capital financiero) y una creciente separación entre la propiedad y la gestión de los capitales. El uso que se hace de los bienes no es neutral. La propiedad contribuye a crear rentas que se puden destinar a la creación de puestos de trabajo o quedar retenidas de forma improductiva. La problemática lacerante de la falta de vivienda digna, contrasta de forma inmoral con la gran cantidad de pisos vacíos. Crece la sensibilidad por la función social de la propiedad, buscando fórmulas de inversión ética o socialmente responsable. En este contexto, aunque la mejor opción es el convencimiento de los propietarios, la intervención de los poderes públicos tiene mucho que decir, especialmente a través del sistema impositivo. Pero esto, quedará para próximos capítulos…


[1] JOSE ANTONIO PAGOLA, Jesús i el diner (2013), Editorial Claret, p. 17

[2] SVETLANA ALEKSIÉVITX, Temps de segona mà (2014), Raig Verd Editorial, p. 40


Este artículo se publicó en Ciudad Nueva (Noviembre 2016)

Acerca del autor

Más artículos

Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

0

Finalizar Compra