Algunos podríamos pensar que nuestra alimentación hoy está mejor que nunca, pero el sistema alimentario industrial tiene unos costes muy altos que no suele pagar el consumidor, sino que recaen sobre otros, en el presente o en el futuro. Necesitamos un sistema más amigable con la naturaleza que no anteponga las ventas al valor nutricional y la salud de la gente y de la Tierra.
En cuanto a la alimentación, una persona cualquiera de nuestro mundo desarrollado podría pensar que hoy estamos mejor que nunca. Y eso es porque al instante, fácilmente, sólo con bajar al supermercado, dispone del alimento que quiere y cuándo quiere. No necesita jugarse la piel tras un jabalí, ni esperar todo un año para comer cierta fruta, o rezar para que un granizo no le estropee la cosecha o para que la lluvia caiga en el momento oportuno. Gracias al inusitado avance tecnocientífico y gracias a una inmensa red de grandes compañías mundiales de alimentos y bebidas, podemos tener a nuestro alcance, en un estante, comidas de todo tipo: baratas, exóticas, inmaculadas y lustrosamente envasadas en todo tipo de envoltorios. Tal es la cantidad y variedad de los comestibles que, en vez de hambre, mucha gente de los países ricos sufre, en cambio, por sobrepeso. Tanta es la abundancia, que no se produce drama alguno si algún alimento se estropea y se debe tirar. Vive y come irresponsablemente, con su panza contenta.
EL PRECIO QUE NO SE VE
Sin embargo, gozar de tan accesible profusión alimentaria, hartarse con gula y derrochar sin miramientos los alimentos tiene un precio que no figura en la estantería del súper. El sistema alimentario imperante, tanto en la agricultura como en la ganadería o la pesca industriales, sigue la lógica capitalista de engrosar más y más los beneficios particulares en lugar de alimentar al conjunto de la población. Sin duda, se han maximizado la producción, la eficiencia y el rendimiento, pero con unos costes muy altos, la mayoría de los cuales no los paga el consumidor sino que recaen sobre otros, en el presente o en el futuro. Para comenzar, un coste social: la explotación (también infantil) y el empobrecimiento de muchos trabajadores del sector alimentario, la frecuente discriminación de la mujer, el expolio y ruina de los países empobrecidos a manos de unos pocos ricos aprovechados, el acoso y asesinato de indígenas y pequeños agricultores locales, el robo o la contaminación de sus tierras y aguas, la privatización de territorios comunales o públicos, la inseguridad alimentaria creciente…
En segundo lugar, este sistema alimentario industrial tiene un coste enorme que afecta al suelo, al agua, al aire, al clima… El suelo se erosiona o degrada (agotamiento de nutrientes, salinización, etc.) como resultado de la expansión de monocultivos y áreas de regadío, de la deforestación; los acuíferos se vacían o contaminan por la acumulación de purines; ríos, lagos y embalses apestan (eutrofización) debido a los fertilizantes químicos, mientras se desecan humedales y los mares se llenan de residuos; fruto de la gigantesca maquinaria agrícola, el transporte de alimentos arriba y abajo y la ganadería intensiva también aumenta el consumo imparable de combustibles fósiles y las emisiones de gases que corrompen el aire e impulsan un cambio climático desbocado.
La mayoría de los costes del sistema alimentario imperante no los paga el consumidor
Al mismo tiempo, todo esto afecta a innumerables animales y plantas, gran parte de la red de vida que nos sostiene. En primer lugar, por el abandono de las variedades tradicionales, legado de incontables generaciones de agricultores, variedades resilientes pero menos productivas. En segundo lugar, por la destrucción de hábitats y paisajes debido a la creciente utilización de pesticidas, de productos farmacéuticos y de organismos modificados genéticamente que amenazan la supervivencia de muchas especies silvestres (también polinizadoras, como las abejas) y alteran los ecosistemas (creación de poblaciones resistentes, aumento de plagas…); se pierden las variedades locales, empobreciéndose la biodiversidad; la cría intensiva de animales para carne, leche y huevos (con modificación genética, hormonas de crecimiento, antibióticos, inseminación artificial, separación de madres y crías, confinamiento masivo en espacios reducidos…) afecta a su desarrollo natural (parto, lactancia, crecimiento, emparejamiento, movimiento, hábitos sociales, calidad de vida…). Esto no es en absoluto muy distinto de lo que provocan las piscifactorías industriales, una mala solución a la sobreexplotación que también asola los caladeros de mares y océanos.
UN CAMBIO DE VALORES
Por todo ello, es necesario transitar pisando firme hacia una alimentación más saludable, sostenible y consciente, un sistema más amigable con la naturaleza que, sin rehuir los avances científicos y tecnológicos, aprenda de los sistemas alimenticios tradicionales y apueste por las técnicas de la agricultura ecológica (rechazo del uso de pesticidas y fertilizantes químicos, cultivos de cobertura, riego por goteo, diversificación y asociación de cultivos, etc.); que minimice el consumo de alimentos de origen animal (flexitarianismo, vegetarianismo, veganismo); promueva las cooperativas de consumo con productos de proximidad, social y ambientalmente éticos, la soberanía alimentaria en contraposición a la comida basura, que antepone las ventas al valor nutricional y, en definitiva, a la salud de la gente y de la Tierra.
Si conocemos la alternativa, ¿qué nos impide encaminarnos a ella? Seguramente es una mezcla diversa de elementos, pero en el fondo están nuestros valores. Unos valores que, hoy en Occidente, suelen ser individualistas, materialistas y antropocéntricos: el lucro, nuestra seguridad, nuestra comodidad… Por lo tanto, necesitamos como el pan que comemos una metanoia, un examen radical de nuestra actividad vital y una transformación profunda. Además de nuestra celebrada libertad, nos hace falta ser conscientes de nuestra responsabilidad (individual, corporativa, institucional): ¿Es sostenible nuestro modo de alimentarnos (preserva el entorno y tiene en cuenta a las generaciones futuras)? ¿Es conforme a la dignidad humana y a los derechos humanos (¿paga un precio justo por el trabajo, atiende a los que pasan hambre?)? ¿Apoya a los pequeños, a los que tenemos cerca (producción local)? En síntesis: ¿Respetamos verdaderamente la tierra y el mar, las plantas, los animales y los seres humanos? ¿Somos lo suficientemente audaces, empáticos, sobrios y generosos?
Si conocemos la alternativa, ¿qué nos frena?
La espiritualidad (preservada en las culturas indígenas y tradicionales así como en el núcleo de las grandes religiones de la humanidad) puede nutrir y vigorizar estas actitudes morales e inspirar acciones comprometidas y orientadas a una alimentación saludable y sostenible. Porque la espiritualidad, que tradicionalmente ha sido también «ambiental» o «ecológica», incluye la experiencia de la maravilla y la reverencia ante la belleza, la complejidad y el misterio de la vida; unas creencias sobre el significado y el valor simbólico y, a menudo, sagrado de la naturaleza y de los alimentos; unos ritos para fijar la atención en la alimentación (como los ayunos que prescriben), o para dar gracias por los alimentos (bendición de la mesa); así como consejos para minimizar el sufrimiento animal, para cuidar del entorno, para vivir frugalmente y para compartir el alimento con el necesitado: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fuí huésped, y me acogisteis”. (Mt 25, 35).
Este artículo ha sido publicado en el número 190 de la revista: Que aproveche
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Promovemos los valores inmateriales de la naturaleza.