En el artículo anterior proponía el siglo XXI como el de la fraternidad. Ahora podemos reflexionar un poco más sobre ello. Las leyes y las normas ayudan a regular la convivencia, debatiéndose continuamente en la dicotomía seguridad – libertad. Cuando se produce un hecho que sacude, a veces con violencia, la convivencia; es cuando se cuestiona más que nunca la necesaria regulación de la libertad. Pero, ¿el ser humano no ha nacido libre? ¿Por qué es necesario coartar ese rasgo constitutivo de la naturaleza humana? Posiblemente, desde que Caín mató a su hermano Abel, se esfumaron las dudas sobre la necesidad de que el derecho positivo eche una mano al derecho natural.

Todo el conjunto de normas que desde la antigua Roma hasta nuestros días han ido configurando las legislaciones de pueblos y países, los conflictos y las dificultades de convivencia no han desaparecido. De hecho, en el fondo, el ser humano continúa haciendo uso de su libertad. Al margen de lo que disponga el artículo de turno del código que sea, una persona es libre de dedicar su vida al servicio de los demás. Como también lo es de empuñar un arma y disparar contra sus conciudadanos o, incluso, contra él mismo. La libertad es la piedra preciosa de la naturaleza humana y, al mismo tiempo, aquello que pueda llevar a la persona a cometer los actos más execrables o las acciones más sublimes. La libertad, pero, nunca es absoluta, siempre tiene condicionantes internos y externos. Algunos fueron mencionados por el filósofo y teólogo protestante Paul Tillich, a caballo entre los siglos XIX y XX: “las comunidades a las que pertenezco, el paisaje que recuerdo y el que no recuerdo, el medio ambiente que me ha modelado y el mundo que me ha configurado”.

Admitiendo pues condicionantes intrínsecos de la libertad, ésta se experimenta y se realiza a través de un proceso de deliberación, decisión y responsabilidad. Todo ser humano realiza su opción fundamental de vida, decide qué tipo de persona quiere ser. Cada cual da una respuesta diversa a su tendencia natural a la felicidad. Es sólo desde la libertad que puede alcanzarse la fraternidad. No son las leyes las que pueden imponer o regular, vía boletín oficial, la fraternidad. Desde la óptica cristiana, la libertad va unida a la fraternidad, en el sentido que comporta el desprendimiento de uno mismo y la búsqueda del bien del otro. San Pablo decía en su primera carta a los Corintios: “Todo está permitido, pero no todo edifica. Que nadie busque su propio interés, sino el de los demás” (1 Cor 10,23). En un sentido parecido, en el año 2013, el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium dice: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que nace del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de los placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se cierra en los propios intereses, ya no queda espacio para los demás, ya no pueden entrar los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza de la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (EG 2)

La libertad es la que puede llevar al ser humano a la opción de la gratuidad, para alcanzar la fraternidad. Sólo cuando las relaciones están basadas en la gratuidad, es posible la construcción de un orden social justo y respetuoso con la dignidad de todas las personas. La gratuidad es el elemento imprescindible para librarnos de falsos ídolos, superar el individualismo y construir un mundo más humano. La gratuidad es una exigencia que se deriva de la necesaria interdependencia que existe entre los seres humanos, una respuesta a la reciprocidad que configura toda existencia. En estos momentos, ya en pleno siglo XXI, es muy urgente recuperar el valor de la gratuidad, dado que la fractura social aumenta y las desigualdades son cada mez mayores. La gratuidad no es pues una virtud, sino una actitud que configura una determinada de ejercer la libertad.

Pero, ¿quién osa parlar de gratuidad, en un mundo en el que predomina la lógica del cálculo? La gratuidad es el fundamento de un orden social justo, mientras el cálculo es el que nos ha llevado a situaciones como la crisis actual en la que no se han conjugado adecuadamente lo individual y lo social. En palabras del profesor Stefano Zamagni “se ha producido una escisión entre finanzas y producción, eficiencia y ética, libertad y bien común”[1]. De hecho, ha venido en evidencia que no es suficiente dar para tener (concepción liberal – individualista) ni tampoco dar por obligación (visión socialista). El mismo profesor Zamagni, comentando la encíclica del Papa emérito Benedicto XVI, Caritas in Veritate, dice: “El mensaje que nos deja la CV, es concebir la gratuidad (y por tanto la fraternidad) como la clave de la condición humana y el hecho de ejercer la donación, como un presupuesto indispensable para que el Estado y el mercado puedan funcionar con la mirada puesta en el bien común. Si no se practica el dar con amplitud suficiente, podremos llegar a tener un mercado eficiente y un Estado con autoridad (incluso justo), pero no ayudaremos a las personas a hacer realidad la alegría de vivir. Porque la eficiencia y la justicia, incluso cuando van juntas, no son suficientes para asegurar la felicidad de las personas”.[2]

La reflexión posiblemente nos sugiere preguntas difíciles dónde buscar nuestra respuesta. Es quí precisamente, donde la libertad y el discernimiento de cada uno pueden también hacer su aportación.

[1] Stefano Zamagni, Por una economia del bien común, Ciudad Nueva, Madrid 2012, 273-327

[2] Ibid.


Este artículo se publicó en Ciudad Nueva (Mayo 2015)

Acerca del autor

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Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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