Con esta publicación ponemos en marcha los canales temáticos. Para seguir un canal puedes clicar en la categoría correspondiente de la cabecera. En «Pensamiento social»  recogeremos la serie de artículos que el autor publicó en Ciutat Nova y Ciudad Nueva sobre esta temática. Más adelante se ampliará con más autores.


En una situación de crisis como la actual, no es extraño escuchar voces que se alzan reivindicando un grado mayor de desarrollo para todos. Sin embargo, sería necesario preguntarse, ¿de qué desarrollo estamos hablando? Es evidente que se puede asociar el término desarrollo a los indicadores que señalan el nivel de bienestar de una sociedad y también, a los parámetros que permiten compararlo con otros países. Parece evidente, sin embargo, que nos hallamos frente a un término complejo y multidisciplinar. A menudo se equipara desarrollo a progreso, asociación que implica una visión reduccionista del término y pone de relieve un predominio de los ámbitos económico y tecnológico en su concepción.

Ciertamente que éste era el pensamiento que predominaba a mediados del siglo pasado, cuando el desarrollo se interpretaba ligado exclusivamente a la economía, a los indicadores de renta y consumo, al crecimiento del PIB y a la renta per cápita. Fue a finales de los años 60, cuando el término desarrollo adquirió un cariz más plural, respondiendo así a una concepción de la persona como un todo y no como la suma de componentes aislados. A finales del siglo XX, el desarrollo pone en jaque la sostenibilidad de los recursos y el medio ambiente, provocando la demanda de mayor protagonismo de los pueblos en su propio desarrollo y desembocando en la Declaración del Derecho al Desarrollo (ONU, 1990), donde se le define como “el proceso mediante el cual se amplían las oportunidades de los individuos, las más importantes de las cuáles son, una vida más prolongada y saludable, acceso a la educación y disfrute de un nivel de vida decente, libertad política, garantía de los derechos humanos y el respeto a sí mismo”.

Ha sido más recientemente cuando el concepto de desarrollo ha hecho un giro decidido hacia la centralidad del aspecto humano en su concepción. Su indicador real debería ser una profunda transformación social y, de hecho, Amartya Sen, premio Nobel de Economía en 1998, defiende que “el desarrollo exige la eliminación de obstáculos como la pobreza, la falta de alimentación o el establecimiento de gobiernos tiránicos”. Nace una tercera generación de derechos humanos que busca proteger al individuo, mientras una progresiva interdependencia plantea interrogantes que aún hoy, necesitan respuesta, frente a problemas que exceden la capacidad de gestión de un solo estado.

La ya mencionada Declaración del Derecho al Desarrollo, en su artículo primero, proclama que “el derecho al desarrollo, es un derecho humano inalienable en virtud del cual todo ser humano y todos los pueblos están facultados para participar en un desarrollo económico, social, cultural y político en el que puedan realizarse plenamente todos los derechos humanos y libertades fundamentales, a contribuir a ese desarrollo y a disfrutar de él”. Sin embargo, la evolución en la comprensión cada vez más rica del término desarrollo y los datos empíricos parecen contradecirse. Podríamos decir que la teoría avanza, pero la realidad no lo hace en la misma dirección.

Es en este sentido que se constata repetidamente el fracaso de los diversos programas políticos y económicos, si éstos no van acompañados de criterios éticos. Se pone de manifiesto la necesidad de una nueva economía basada en el desarrollo humano, con el objetivo de impulsar el bienestar de la humanidad y el crecimiento. El filósofo Emmanuel Lévinas, hacía un llamamiento a “la solidaridad, la fraternidad y la responsabilidad hacia el otro”. También la Doctrina Social de la Iglesia es rica, especialmente desde los inicios de este siglo, en la profundización de aquello que debería ser un verdadero desarrollo humano en el marco global y de interdependencia creciente que vivimos.

El pensamiento social cristiano ofrece a la cultura contemporánea elementos que intentan ayudar a entender el fracaso que los datos sobre desigualdad, hambre y pobreza constatan tozudamente, a pesar de la cantidad de recursos que se emplean. Partir de la necesidad de recuperar el componente espiritual del ser humano, que potencia la búsqueda de una plenitud humana y que se convierta en la base de una vida social que tienda al bien común; no es una aportación que se pueda despreciar.

Las actuales crisis constituyen una hiriente denuncia de un mal entendido desarrollo que nos lleva a una profunda tragedia. Parece imprescindible poner al individuo justo en el centro del problema del desarrollo. Considerarlo como el verdadero protagonista, que debe poder participar en condiciones de libertad responsable de la persona y de los pueblos; puede ser un paso imprescindible. El desarrollo pues, queda ligado al respeto y a la valoración profunda de la cultura de las diferentes naciones. El futuro se adivina como un rompecabezas en el que todas las piezas y cada una de ellas son imprescindibles. La fraternidad es el vínculo que supera a la justicia y a la solidaridad, y que puede hacerlo posible. Con respeto más estricto a la libertad religiosa y de creencias, con referentes religiosos o no, buscar juntos aquel “humus” común que nos hacer hermanos, puede ser un camino a recorrer necesariamente.

Valorando todas las iniciativas que se desarrollan en el terreno de la ecología, las migraciones, los derechos laborales o la pobreza, y los progresos que se alcanzan en el terreno social, parece difícil encontrar sólo con las herramientas que se usan actualmente de organización social, los elementos que den la vuelta de verdad a la situación. Hacer llamamientos a la solidaridad, a la generosidad y a la austeridad necesarias para instaurar un nuevo orden mundial que nos conduzca a un desarrollo de verdad, en este mundo global; parece insuficiente sin ofrecer una fuente espiritual de donde extraer las fuerzas necesarias.


Este artículo ha sido publicado en Ciudad Nueva (Febrero 2015)

Acerca del autor

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Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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