Vivimos en un mundo complicado. No es en vano que Edgar Morin habla del pensamiento complejo como la única vía para poder afrontar los retos que la transversalidad y la multidisciplinariedad de los problemas nos exigen. Aunque no sea lo mismo, prefiero hablar de la sabiduría. Esta época de desasosiego y tránsito, exigen lecturas reposadas y nada coyunturales. Me ha sorprendido una frase que he encontrado en uno de los textos de la Biblia, el libro más leído del mundo, según dicen. Precisamente en el libro de la Sabiduría podemos leer: «Si alguien madrugase para salir a su encuentro, no necesitaría cansarse: la encontraría sentada a las puertas de casa».

Me ha sorprendido esta idea de que podemos encontrar la sabiduría, con cierta facilidad, y sentada a la puerta de casa. Me esperaba algo más… elaborado. Quizás me hubiera imaginado que podría encontrar la sabiduría dentro de mí, en mi interior, en mis pensamientos, en mi experiencia, en mi vida. Y ahora resulta que no, que para encontrarla debo salir a la puerta de casa. ¡Con el frío que ya empieza a hacer! Ante esta sorpresa, no puede faltar nunca mi debilidad obsesiva, preguntarme ‘¿por qué?’. ¿Por qué es necesario que salga afuera? ¡Tan a gusto que se está en casa! Acurrucado en el sofá, cerca del fuego del hogar, tan cómodamente, … Por lo menos, el texto me promete que no tendré que cansarme demasiado; pero, eso sí, tendré que salir de mi espacio de confort.

La sabiduría tiene poco que ver con la inteligencia, aunque también la precisa. Pero la sabiduría es otra cosa. A mi modesto entender, existe un recorrido que va de la inteligencia a la sabiduría. O aún mejor, de las inteligencias a la sabiduría. Es un camino que pasa por la relación. Porque es la relación la que me lleva a hacerme sabio, en el sentido literal de la palabra. En sus orígenes, se entiende por persona sabia aquella que tiene muchos conocimientos, sabe ponerlos en práctica y actúa sensatamente. Todos estos ingredientes (conocimientos, praxis y cordura) requieren inevitablemente del hecho relacional en una amplia acepción del término. Son necesarias las relaciones con el entorno, inmediato y lejano. Es necesario relacionarme conmigo mismo. Es preciso relacionarme con el bagaje acumulado a lo largo de la historia, personal y colectiva. Es necesaria, especialmente, la relación con todo el mundo, con todas las personas que a lo largo de la vida pasan a mi lado. Seguramente sea por esto que me es necesario salir a la intemperie de la vida para encontrarla. Es posible que para Morin este sea el tránsito del pensamiento al pensamiento complejo.

Mi zona de confort intenta protegerme, sin conseguirlo, de los problemas y de los conflictos. Pero tarde o temprano estos llegan. Están allá afuera, con la sabiduría. Llamarán a la puerta con insistencia y será inevitable que abra. Deberé salir al frío de las incomprensiones y del dolor, para encontrar la calidez de la sabiduría. Cogidos los tres del brazo, con los conflictos y la sabiduría, iniciaré el camino de profundización necesario para encontrar respuestas. Deberé aprender a bajar, a no quedarme en la superficie del conflicto, allá donde sólo se manifiestan irreconciliables posiciones enfrentadas. Tendré que ir más abajo, buscando las razones y los ‘porqués’ de la situación. Y todavía deberé barrenar; no sin esfuerzo y dificultades, más abajo, hasta aquel espacio donde trataremos de descubrir las necesidades más profundas de las partes en conflicto. Sin la sabiduría, me habría quedado en la epidermis donde sólo habita la batalla. Con la sabiduría puedo llegar, ciertamente cansado, al tuétano donde la inteligencia se transforma en colectiva y puede convertirse en sabiduría.

Acerca del autor

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Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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