La dinámica dominante de nuestra sociedad reclama un cambio de rumbo y de mirada, donde el otro sea el protagonista.
Un oficial de un juzgado me comentaba que en el primer trimestre del año ya les habían entrado más de 800 peticiones de divorcio; era el juzgado de una población mediana.
Me pregunto cuáles pueden ser los motivos de tantas rupturas, cuáles son los puntos vulnerables a los que deberíamos dedicar más atención. Cuando se constituye una pareja, las dos personas que la forman aportan consigo sus rutinas, sus costumbres, los comportamientos de sus familias de origen, que pueden ser muy diferentes y llegar a ser fuente de conflictos.
Poner sobre la mesa tales realidades diferentes implica que la pareja hable, pero ha de hacerlo con lenguaje inteligente y de calidad.
Según el lenguaje que usemos, el intento de resolver la discrepancia puede empeorar la situación o, al revés, un lenguaje conciliador puede favorecer el entendimiento. No es lo mismo decir “es que contigo no hay quien se entienda, siempre lo enredas todo”, que decir, en cambio: “reconozcamos que no estamos de acuerdo, pero podemos buscar caminos para que ninguno salga perjudicado”. Esta segunda opción abre caminos de diálogo y educa a saber convivir en la discrepancia. Cuando la comunicación tiene la capacidad de situarnos en el nivel del otro, ahí donde nadie quiere ponerse por encima de nadie, donde, sobre todo, se piensa en el otro, se produce un cambio que permite afrontar cualquier situación, por difícil que esta sea.
Y ello requiere una visión de trabajo en equipo que descarte el orgullo y la desconfianza. Es indispensable la humildad y el respeto al otro.
A veces, es necesario saber detenerse y hacer un cambio en la forma de vivir, un cambio que puede ser profundamente liberador. Es percatarse de que el camino para realizarnos en la vida consiste en darnos a los otros, en cambiar el “yo, primero” por el “tú, primero”, cambiar el egoísmo por el altruismo, cambiar el interés propio por el bien común, substituir el afán de dominio por la actitud fraternal.
Por este camino, se descubre una manera de vivir más humana, más libre, y, psicológicamente, más sana. Hemos de tener muy claro que el conflicto, la discrepancia y las ideas diferentes no son motivo alguno para dejar de respetarse o amarse. Cuando tratamos de mirar a todos los que nos rodean sin juzgarlos, sean simpáticos o antipáticos, si son de los nuestros o de los otros… ya hemos dado el primer paso hacia la universalidad, que es la posibilidad de amar y respetar a todos, sin excluir a nadie.
De este modo, veremos cómo se cumple aquella frase de Sigmund Freud que afirma que la capacidad de darse a los otros nos hace, psicológicamente, más equilibrados y alegres.
R. Tagore lo resume de forma muy lúcida, con esta frase: “Buscaba con afán mi felicidad, y no la encontré; busqué la felicidad de los otros, y encontré la mía”.
Acerca del autor
Licenciado en Ciencias Químicas, Master en Astronomía, casado con Blanca, dos hijos, cuatro nietos, colaborador habitual de Ràdio Estel, de Ciutat Nova y de CAT-Diàleg. Asesor ocasional de la Eurocámara en temas de medio ambiente.
Aún siendo difícil, el cambio de rumbo que propone Antoni me parece más asequible… sólo hay que pararse, girar 180º y procurar mantenerse en la nueva dirección.
En cuanto a la mirada, aunque disponemos de toda la vida para «educarla», pienso que vale la pena aprovechar cada dia para decirnos a nosotros mismos que estamos dispuestos a ver a las personas de una manera nueva, usando como medida ese conocido termómetro, ya milenario, cuyo nombre completo es: «Trata al otro como te gustaría ser tratado tu».
Y esto último si que es bastante difícil, pero no imposible, porque creo que en esta carrera hacia el entendimiento, hasta los frecuentes errores… «¡nos dan alas!»