A veces nos saludamos deseándonos salud. En los aniversarios expresamos el deseo de poderlo celebrar muchos más años. De vez en cuando, añadimos también que sean buenos. Porque la vida es mejor si es buena. La salud y el bienestar son elementos clave.

 

Una red agujereada

La Agenda 2030, con sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), trata de configurar una red de relaciones, interdependencias y complicidades para que nadie se quede atrás. Por ahora, esta red tiene todavía demasiados agujeros. El ODS 3 propone salud y bienestar para todo el mundo y pone en evidencia los muchos desgarrones que es necesario recoser, muchas llagas por sanar.

La pandemia de la COVID–19, ha hecho mayores aún algunos de estos desgarros y, posiblemente, ha abierto otros nuevos. Por ejemplo, ha puesto sobre la mesa una inmoral distribución desigual de las vacunas. No es una cosa nueva. En realidad, es una situación endémica que afecta a muchas otras enfermedades injustamente enquistadas y persistentes en zonas pobres del planeta.

Pero también existen agujeros que no se han cerrado, dejando escapar demasiadas vidas humanas injustificadamente. La que llamo “vergüenza del 5”: más de 5 millones de niños y niñas cada año que mueren antes de cumplir los 5 años. Para ellos, los años de la vida no han sido muchos ni, posiblemente, buenos. Por otro desgarrón se cuela la vida de muchas mujeres: Las madres que no sobreviven al parto son 14 veces más en las zonas en desarrollo que en aquellas más desarrolladas.


El ODS 3 propone salud y bienestar para todos, pero…


Y la red tiene más agujeros… Muchos de ellos afectan a la salud y al bienestar que el ODS 3 propone para todo el mundo y en todas partes.

Por barrios (o no)

La red de la salud es más tupida en las zonas más ricas. Allí protege más y mejor, y llega a más personas. Pero también en esas zonas, dentro de una misma ciudad, los barrios ricos tienen una esperanza de vida sensiblemente más alta que los barrios pobres. Y es que esto de la salud también tiene que ver con el negocio y, claro está, va por barrios.

La Agenda 2030 plantea un camino de confluencias para reducir y, si es posible, eliminar las desigualdades en todo el mundo. Lo hace de forma transversal con la erradicación de la pobreza, la igualdad de género y en muchos otros aspectos. Muchos de ellos deben terminar procurando un mayor grado de salud y bienestar a todo el mundo, vivan donde vivan y sea cual sea su situación.


La Covid-19 nos ha enseñado que la salud no va por barrios. ¿O sí?


La pandemia de la COVID–19 nos ha enseñado que, en el fondo, esto de la salud no va por barrios. Que en un breve espacio de tiempo puede abrirse un enorme desgarro en la red mundial de salud, afectando a los habitantes de aquí y de allá. Hemos aprendido que todos dependemos de todos y que es inútil tratar de resolver la situación sanitaria a nivel local, si no se hace también a nivel global. Y también, desgraciadamente, hemos tenido que constatar que los recursos disponibles para atender adecuadamente las necesidades de restablecimiento de la salud rasgada, sí que continúa yendo por barrios.

Integral y con grietas

El gran reto de la Agenda 2030 en el ámbito de la salud y el bienestar es, además de extenderlo a todo el mundo, ampliar este concepto para hacerlo más integral. La salud abarca todos los ámbitos de la persona humana: su estado psicofísico, emocional, espiritual. Cualquier desajuste en alguno de estos ámbitos es generador de malestar. Este hecho no tiene, sin embargo, un componente únicamente individual, sino también social. Tratar de sanar los síntomas de los desequilibrios de salud sólo con terapias individuales y farmacológicas, es un planteamiento demasiado parcial que resulta claramente insuficiente.

La falta de salud a menudo tiene su origen en la presión excesiva del entorno socioeconómico y medioambiental sobre la persona. Esto se pone de manifiesto, especialmente, en los trastornos de salud mental y en los desequilibrios emocionales; pero el maltrato infringido sobre los recursos naturales del planeta explica también más de una enfermedad de carácter físico.

La propuesta y el reto es, pues, cuidar las grietas personales y también las sociales y medioambientales. La brecha digital reduce posibilidades de conocimiento, aprendizaje, tratamientos a distancia, avances para el cuidado de las personas con dependencia, de relaciones… También el gap de género resulta especialmente lesivo para la salud de las mujeres. Una medicina dominada por hombres se ha demostrado poco adecuada para las especiales características y necesidades de la salud femenina. No es necesario decir que la brecha medioambiental perjudica salud y bienestar de las zonas más empobrecidas del planeta: sequías, plagas, fenómenos meteorológicos extremos, enfermedades endémicas, malnutrición, mortalidad infantil… La grave y creciente desigualdad económica explica, en gran parte, la persistencia de un buen puñado de estas grietas y pone sobre la mesa la necesidad imperiosa de transitar sin demora hacia una economía a la medida de la persona.

2030, ¿seguro?

Frente a la Agenda 2030 hay gente muy escéptica, la hay escéptica, indiferente y también otra de esperanzada. Algunas de las metas del ODS 3, parecen poco menos que inalcanzables:

  • Reducir la mortalidad maternal a menos de 70 casos por cada 100.000 nacidos vivos.ods3
  • Reducir la mortalidad neonatal a menos de 12 por cada 100.000 nacidos vivos y la de menores de 5 años a 25.
  • Poner fin a las epidemias de la SIDA, la malaria y las enfermedades tropicales desatendidas.
  • Reducir a un tercio la mortalidad prematura provocada por enfermedades no transmisibles mediante la prevención y el tratamiento y promover la salud mental y el bienestar.
  • Reducir a la mitad el número de muertos y lesiones por accidentes de tráfico.
  • Garantizar el acceso universal a los servicios de salud sexual y reproductiva.
  • Conseguir la cobertura sanitaria universal.

¿Quién firmaría la consecución de estos objetivos y de otros parecidos, para dentro de 8 años? Debo confesar que 18 meses atrás yo tampoco habría firmado.


 

Acerca del autor

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Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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