La COP26 no puede ser un objetivo. Los acuerdos o desacuerdos tampoco. El único objetivo válido es la aplicación efectiva e inmediata de medidas que conduzcan hacia la recuperación de un equilibrio ecológico integral.

 

La cumbre

Reunión de altos dignatarios. Esto es una cumbre. Un punto donde confluyen aquellos que están en la cima, aquellas personas que son depositarias de autoridad, de poder, de influencia. El nombre de COP proviene de “Conferencia de las Partes”, en referencia a las 197 naciones que accedieron a la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, en una reunión celebrada en 1992.

Hace 29 años se constataba negro sobre blanco la peligrosa interferencia humana en el sistema climático y la necesidad de estabilizar los niveles de emisiones de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Han pasado 26 cumbres. La última ha terminado hace pocos días en Glasgow. 26 convocatorias, 26 oportunidades, 26 veces en las que aquellos que están en la cima del mundo se han encontrado, han hablado, han discutido, han acordado… Los resultados, hasta ahora, son más que dudosos.

Creo que tantas cumbres han generado una cordillera de dudas, más que de respuestas concretas y aplicadas a revertir la situación ambiental, que se ha agravado a medida que ha ido pasando el tiempo. ¿Qué tipo de autoridad necesitamos? ¿Dónde está el poder? ¿Qué hay más allá de los acuerdos? ¿Quién los aplica? ¿Por qué aplicarlos?cop26

Urgencias

El rótulo que vemos cuando llegamos a un hospital, sorprendidos por un repentino malestar o un desgraciado accidente, reza: urgencias. Entonces, angustiados por la situación, se nos abre una brizna de esperanza. Tal como en Glasgow, donde pese a la negatividad de medidas y parámetros, el objetivo según NU, era también abrir una ventana de esperanza. Un mensaje de que todavía estamos a tiempo, que aún puede limitarse por debajo de los 1’5ºC el calentamiento global del planeta.

La urgencia ha impregnado todo el desarrollo de la cumbre COP26. Como si se tratara del fin de una fiesta insostenible, han proliferado los mensajes dirigidos a apresurar la implantación de medidas eficaces. Quizás sí, estamos a tiempo, pero no podemos entretenernos más, ahora todo corre prisa.

Es urgente mantener la esperanza, es urgente aplicar en serio los Acuerdos de París de 2015, es urgente no seguir utilizando la naturaleza como un vertedero, como ha recordado el secretario general de NU, Antonio Guterres. Urge reducir un 30% las emisiones de gas metano para 2030, tal y como se ha acordado en la cumbre, aunque sin el consenso de tres grandes países.

A mi juicio, sin embargo, hay dos urgencias (que quizás son una sola) que son previas y condicionan todo lo demás. La urgencia de transformar el sistema: la forma de producir, qué producir, cómo hacerlo, para quién y para qué; las relaciones de producción y los hábitos de consumo. La transición de un capitalismo que mata, a un nuevo sistema económico que cure a las personas y al planeta. Y la urgencia de caminar todos juntos, sin exclusiones: avanzar decididamente en la línea de la Agenda 2030, con sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible. Transformar la competición en cooperación; restablecer conexiones rotas, crear nuevas conexiones; avanzar hacia la inclusión de todos los pueblos, instituciones, empresas, gobiernos, asociaciones, entidades… sin la cual, sanear el clima, el planeta, queda siempre sólo en una quimera.

Tensiones

Todas estas urgencias (y otras) han empapado la COP26 de tensiones, que se han puesto de manifiesto dentro de las salas de conferencias y, sobre todo, fuera, en las calles. Dentro, fuera. Cumbre, base. Ésta es una de las principales tensiones a resolver. Diría que se trata de una tensión de confianza y autoridad. La ciudadanía es cada vez más consciente de la gravedad de las consecuencias del cambio climático, porque empieza a percibir sus efectos. Sin embargo, desconfía de la voluntad de los mandatarios por aplicar medidas concretas. Mientras éstos, ni hacen un uso adecuado de la autoridad que se les ha otorgado, que debería ser motor de liderazgo colectivo y participativo; ni pueden ejercer ningún tipo de poder efectivo que está en manos de las grandes corporaciones multinacionales.

Tensión también norte-sur, o si se prefiere, tensión entre países ricos y países pobres. «Justicia climática» rezaba una de las pancartas de las manifestaciones de estos días. Los grandes contaminadores no son los más perjudicados. Los grandes consumidores externalizan los desperdicios hacia los países pobres. Minorías que perjudican a mayorías. Mientras no se avance en justicia e igualdad, difícilmente se podrá realizar en la mejora climática. Son dos caras de la misma moneda.

Trascendental resulta la tensión local – global. Quien toma las medidas no es quien debe aplicarlas. Quien las aplica, a menudo se siente solo, desamparado y sin encontrar sentido a su compromiso y esfuerzo. Es necesario avanzar en una verdadera cooperación y complicidad entre el mundo global y el local. Es necesaria la implicación de todos los estamentos, a todos los niveles, desde el principio hasta el final del proceso, tal y como propone la Agenda 2030.

La gran tensión, aquella por excelencia, seguramente es la tensión economía – política. Nada será posible sin la política, sin avanzar decididamente hacia una gobernanza global, inclusiva y fraterna, plural y libre. Pero tampoco haremos nada bueno si no devolvemos la economía a su verdadero papel de cuidar del oikos (casa), aquella de cada uno y esa común. La política no puede estar sometida a la economía, como sucede actualmente, y la economía debe reencontrar el rol de servidor de las necesidades de todos.

Y las calles estaban llenas de jóvenes, porque hay también tensión entre generaciones. La destrucción de hoy es la desesperanza para mañana. La juventud debe ser nuestro presente, porque nos estamos jugando a los dados su futuro. Ésta es una tensión que pienso irá a más y hay que gestionarla bien. Es una tensión que es bueno que crezca si lo hace bien. Es necesario y conveniente que los jóvenes tomen el protagonismo que les corresponde, porque en todo ese desbarajuste, son los únicos que se lo juegan todo.

¿Y ahora qué?

Pues ahora, en Glasgow, las luces se han apagado en las salas de conferencias. Todavía se olían las carreras del último momento, la inquietud de las últimas negociaciones y, posiblemente, el mercadeo entre el desencanto y la resignación. Las horas de prórroga han salvado un acuerdo, calificado de mínimos por casi todo el mundo. Para los países ricos, instalados en su superioridad de recursos, haber llegado al acuerdo es un éxito. Para los países pobres, conscientes de la extrema vulnerabilidad y fragilidad frente al cambio climático, la cumbre ha resultado una pantomima que acaba sin resolver nada.

A mí, me gusta pensar que el acuerdo alcanzado a casi 200 partes es insuficiente, pero posiblemente sea el único acuerdo posible al que se puede llegar en este momento. Al margen de la reducción sobre el metano mencionada anteriormente; es positivo el pacto de reducir las emisiones de dióxido de carbono a un 45% para 2030, con obligación de revisar los avances en 2022. El acuerdo climático alcanzado, no sin toques de teatralidad, por las dos grandes potencias EE.UU. y China es un paso adelante. El pacto parcial firmado por algunos países y algunos fabricantes de automóviles de dejar de fabricar vehículos de combustión en 2035 señala una buena dirección. La recomendación a los países ricos de duplicar las aportaciones de ayudas a los países pobres a partir de 2025 es sólo eso, una recomendación, pero existe.

Posiblemente un aspecto bastante relevante es el hecho de que, por primera vez en las 26 cumbres, el acuerdo incluye una mención explícita al carbón, principal fuente de emisión de gases de efecto invernadero. Ciertamente la palabra de la discordia ha aguado la fiesta. Donde decía que es necesario “el abandono progresivo de las emisiones de carbón”, se acabó poniendo “la reducción progresiva”. Un cambio de término que supone un retroceso evidente. Sin embargo, el cambio ha salvado el acuerdo y la recomendación no ha caído del texto.

Todas estas resoluciones y otras que configuran el texto final del acuerdo son avances, algunos demasiado tímidos y otros más atrevidos. Pero ahora, quien más quien menos, se pregunta: y todo esto, ¿se cumplirá? Y llega el momento de pasar de las grandes salas de conferencias a la salita del comedor…

Para hacer frente al cambio climático confiamos en cumbres, acuerdos y medidas públicas sobre la energía y otros sectores productivos. ¡Hay que hacerlo! Pero esto trae la ilusión de que los remedios deben orquestarse a nivel institucional, macroeconómico y organizativo. ¡Y esto es sólo una ilusión! Ningún acuerdo o ley, por sí solos, salvarán el planeta. En realidad, tienen la finalidad de favorecer los cambios en los comportamientos individuales y concretos de las personas y de las comunidades.

Sí, ahora la partida se juega en las calles, desde donde habrá que seguir exigiendo el cumplimiento estricto de los acuerdos y, en su caso, la ampliación. Y se juega también dentro de cada casa, especialmente en aquel sector de mundo acomodado, donde habrá que asumir ese grado de incomodidad personal necesario, para transformar aquellos estilos de vida insostenibles que dejan en papel mojado cualquier acuerdo, haciéndolo inviable.


 

Acerca del autor

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Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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