Una invitación a crecer en sabiduría

La naturaleza envejece serenamente, arraigándose, estación tras estación. Las personas ancianas a veces refunfuñan. Y es en medio de este mascullar que se destilan briznas de aquella sabiduría necesaria para comprender que omega es una letra tan importante como alfa.

 

Reflejando sus valores y creencias (materialismo, hedonismo, individualismo, consumismo…) nuestra sociedad ve (y vive) la senectud como una etapa desgraciada, que llega caracterizada por un declive general, progresivo y, finalmente, imparable de las facultades físicas y psíquicas. De esta manera, la vejez es asociada principalmente a degradación y decadencia, a algo que conviene retardar y disimular, y ésta es la razón del éxito que tienen las propuestas cosméticas, farmacológicas y quirúrgicas, conspirando para enmascarar todos los síntomas del envejecimiento.


Para los romanos SENIL no era un término despectivo


En este contexto, para muchos, cumplir años se convierte en un drama que genera angustias y tristezas; una fase de la vida que se suele vivir con amargura, con actitud quejumbrosa por los achaques propios de la edad, contra la sociedad, el paso del tiempo e incluso contra Dios…; con miedo o angustia frente a las pérdidas (de la salud, del patrimonio, de la autonomía personal, de los seres queridos…); con retraimiento ante un prójimo convertido en amenaza; aferrándose nostálgicamente a un pasado que siempre fue mejor; o con un lamento existencial frente a la maldad humana, o sintiendo la inutilidad de cualquier deseo.

Sin embargo, no siempre ha sido, ni es necesariamente así: las culturas antiguas, los pueblos indígenas, las tradiciones espirituales-religiosas, la mitología y muchos filósofos han tenido puntos de vista muy diferentes, otorgando a la vejez un gran valor. Así, por ejemplo, los romanos veían la senectud como la edad de la sensatez (de hecho, senectus y sententia proceden de la misma raíz indoeuropea sen). Una persona mayor (senex) se caracteriza por tener sensatez. Senil, pues, no era considerado un término peyorativo, ¡sino todo lo contrario!

En los pueblos indígenas o primitivos (que conservan más del 80% de las lenguas y más del 40% de la biodiversidad mundial), los ancianos son siempre valorados y respetados en cuanto portadores de los conocimientos contextualizados sobre su territorio, conocedores de la vida en este mundo y en el más allá… Son vistos como bibliotecas vivientes, custodios de tradiciones inmemoriales y de la identidad del pueblo, transmisores de la sabiduría, y sus consejos son esenciales para guiar y dirigir a toda la comunidad. El Consejo internacional de las Trece Abuelas Indígenas reúne ancianas sanadoras de diversas tradiciones, preocupadas por el estado actual de la Tierra.

Asimismo, las grandes religiones nos animan siempre a acoger a los ancianos, a respetarlos, escucharlos, honrarlos. Consideran que los cabellos blancos son una “noble corona” (Pr, 16, 31), muy a menudo garantía de experiencia, criterio, capacidad de consejo, en fin, de sabiduría. También ven en la indefectibilidad del envejecimiento (y la muerte) una llamada a considerar sin mucha importancia o vanas ciertas aspiraciones humanas, a cultivar el espíritu en la búsqueda de la virtud y de una recta conducta; a devenir un mahatma, “un alma grande” y no solo una persona mayor.

En la mitología (y en la literatura y el cine) aparece la figura arquetípica del viejo sabio (el mago Merlín, el señor Miyagi, el maestro Yoda…) Éste, a partir de su experiencia vital, guía al héroe (un joven a menudo orgulloso, indisciplinado e imprudente), recordándole su responsabilidad y aconsejándole sabiamente. Este arquetipo está muy presente en la psicología: el anciano sabio o senex que ha alcanzado su individuación (autorrealización) completa y es la antítesis del puer aeternus, el Peter Pan, que, a gusto en su infantilismo tarambana, no quiere hacerse mayor.


¿Es acaso más digna la primavera que el otoño?


Por su parte, los filósofos, tanto los de Oriente como los de Occidente (desde Confucio hasta Cicerón) han advertido profusamente de que la nobleza, y por lo tanto la autoridad y el debido respeto, no es el resultado automático de la edad (tampoco del poder ni de las riquezas) sino del cultivo de las virtudes o cualidades humanas (honestidad, gozo, sobriedad, benevolencia, generosidad, etc.). Un cultivo que – se nos asegura – hará que la vejez no sea vista y experimentada como algo negativo, sino más bien, como un periodo también de aprendizaje, crecimiento y alegría.

Entrelazada con esta rica herencia cultural y espiritual, se considera a la naturaleza como la gran maestra de las culturas y tradiciones más resilientes del mundo ya que nos enseña también, a su manera, como hacernos mayores, como envejecer con mayor dignidad, paz de espíritu y agradecimiento gozoso. Contemplarla y escucharla nos permite aprender de ella, partiendo de la intuición o de la reflexión. ¿Es acaso más digna la primavera que el otoño? ¿No es tan necesaria una estación como la otra? ¿Es superior el alba al crepúsculo? En la naturaleza, lo que nace y crece, llegado a cierto punto, envejece y muere. No basta con aceptarlo, hay que apreciar su precisión, su armonía.

Y así sucede también con los árboles, sobre todo los más añosos, que pueden llegar a ser nuestros mentores. Porque, aunque se llenan de rugosidades y grietas, viven serenos, más pendientes de fructificar que de su apariencia, no obstante majestuosa. Crecen silenciosamente, sin aspavientos ni prisas, hacia el cielo, pero bien enraizados en la tierra, firmes y humildes. Amparan y cobijan innumerables seres más frágiles y, por eso, son el prototipo de la persona sabia. En el libro del Sirácida (Eclesiástico), la Sabiduría hace elogio de sí misma reflejándose: “Extendí mis ramas como el terebinto, ramas magníficas y graciosas. Como vid eché hermosos sarmientos y mis flores dieron sabrosos y ricos frutos”.


Fotografía: Tere Vilaltella

Este artículo ha sido publicado en el número 185: Atrévete a envejecer

 

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